Por Luis Sánchez Puche*

En 1492, los nativos descubrieron que eran indios; descubrieron que vivían en América; descubrieron que estaban desnudos; descubrieron que existía el pecado; descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo; y que ese dios había inventado la culpa y el vestido, y había ordenado que fuese quemado vivo quien adorara al sol, a la luna, a la tierra y a la lluvia que la moja. Los hijos de los días (2012).

A partir de ese año, la historia de América Latina se convirtió en una historia de descubrimientos forzados, de imposiciones culturales y de silencios prolongados. Durante siglos, los pueblos originarios fueron obligados a contemplar cómo su memoria, su cosmovisión y sus territorios quedaban relegados a los márgenes de la historia oficial. Sin embargo, también ha sido una historia de resistencia, tejida con la paciencia de los pueblos que, a pesar del despojo, han conservado su lengua, su espiritualidad y su vínculo sagrado con la naturaleza.

En ese contexto histórico adquiere un significado especial la decisión del candidato presidencial Iván Cepeda Castro de designar como fórmula vicepresidencial a la líder indígena Aida Quilcué. No se trata únicamente de una decisión estratégica de carácter electoral, ni de una simple
suma de votos provenientes de los territorios indígenas. Su designación representa algo más profundo: la posibilidad de que Colombia se mire a sí misma desde la pluralidad de sus raíces, atreviéndose por fin a caminar y mascar la palabra por una nación unida.

Aida Quilcué no llega a este escenario por accidente. Su trayectoria como lideresa, exgobernadora del pueblo nasa, organizadora de procesos comunitarios y senadora de la República es el resultado de décadas de lucha colectiva. Su nombre recoge la memoria viva de los pueblos aborígenes, autóctonos y originarios que han defendido su derecho a existir con dignidad en medio de conflictos, estigmatizaciones y violencias históricas. Su presencia en la candidatura del Pacto Histórico constituye un reconocimiento de profundo valor simbólico.

Aida Quilcué puede enseñarnos otra forma de habitar el país: el respeto por el espíritu de la naturaleza y la defensa del territorio, la preservación de los
usos y costumbres, y la resistencia cultural frente al arijuna, término con el que el pueblo wayuu designa al forastero. Su presencia en la fórmula vicepresidencial representa, en cierto modo, el cruce simbólico de ese “puente del Humilladero” del que habla la memoria popular: un paso firme desde la marginalidad histórica hacia el centro de las decisiones nacionales.

Ahora bien, es cierto que las elecciones se ganan con votos. La política electoral es, en esencia, una competencia numérica. Pero también lo es que el capital electoral se construye, al menos en parte, sobre la base del capital simbólico. Aida aporta a esta campaña algo que ninguna otra candidatura puede ofrecer: la posibilidad de articular la historicidad con la historia, de conectar la memoria ancestral con la política contemporánea. En esa convergencia se teje una narrativa distinta para el país: la narrativa de la paz como horizonte colectivo, la positivización de los derechos como principio democrático y la esperanza como motor de cambio.

La mezcla sociopolítica que encarna Aida recuerda el tejido paciente de nuestras tradiciones culturales: como la hamaca sanjacintera que se entrelaza con el chinchorro wayuu; como la mochila indígena que dialoga con el carriel paisa; como el poncho que convive con el saco y la camisa; como el sombrero vueltiao que comparte horizonte con el espíritu llanero. Es, en esencia, la imagen de un país que se reconoce en su diversidad. Ella encarna, en sí misma, la imagen de un país que ha aprendido a narrarse en sus calles: en la Minga Indígena, en los murales del estallido social, en las consignas de las movilizaciones populares, en los tambores del Carnaval de Barranquilla, en el Carnaval de Blancos y Negros, en las ferias, fiestas y protestas.

Frente a quienes pretenden imponer una narrativa de miedo y distopía como horizonte político, Aida nos ha mostrado durante más de treinta años un futuro distinto: un país donde la diversidad no sea motivo de exclusión, sino fundamento de convivencia. Un país donde la memoria no sea la carga del pasado, sino la semilla del porvenir.

*Sociólogo, Conciliador en Equidad y Consejero Nacional de Paz.

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