Ese imperio que se cree dueño del mundo nos está matando

Por Yasnarys Pérez

Quiero que lean esto con el corazón abierto. Porque lo que voy a decir no es política. No es ideología. Es dolor. Es rabia. Es impotencia. Es amor por esta tierra que no se negocia.

Estoy harta. Estoy cansada. Estoy indignada. Y no me voy a callar más.

El gobierno de Estados Unidos, ese imperio que se cree dueño del mundo, nos está matando. No con bombas. No con fusiles. Con algo más cruel, más silencioso, más perverso: con hambre, con oscuridad, con desesperación.

Y no quiero que me crean a mí. Quiero que sientan lo que siente una madre cuando no tiene qué darle de comer a su hijo. Lo que siente un anciano cuando pasa la noche en vela porque el calor no lo deja respirar. Lo que siente una enfermera cuando ve morir a un paciente porque no hay combustible para el generador del hospital.

Eso es el bloqueo. Eso es el imperio. Eso es lo que nos están haciendo.

¿Quiénes son los responsables?

Marco Rubio, el secretario de Estado que se cree con derecho a decidir sobre nuestra vida. El mismo que dijo con total cinismo que los cubanos «literalmente comen basura de las calles» . El que nos ha llamado «estado fallido». El que ha presumido de cada sanción que ha logrado imponer contra nuestra patria.

Donald Trump, el presidente que cumple los caprichos de la mafia anticubana de Miami. El que firmó la orden ejecutiva del 29 de enero para impedir que llegue combustible a la Isla. El que el 1 de mayo amplió las sanciones a cualquier empresa o país que ose hacer negocios con Cuba . El que ha dicho que tomará el control de Cuba «casi de inmediato».

Y detrás de ellos, toda la manada de congresistas del sur de Florida: Mario Díaz-Balart, Carlos Giménez, María Elvira Salazar . Los mismos que se llenan la boca con «derechos humanos» mientras aplauden el bloqueo más cruel de la historia. Los mismos que han dedicado su vida a pedir más sanciones, más odio, más muerte para su propia tierra de origen.

¿Qué nos están haciendo?

Nos tienen secuestrados energéticamente. Las órdenes ejecutivas de Trump han impedido casi por completo la entrada de combustible a la Isla . La red eléctrica, que ya era frágil, está al borde del colapso. Los apagones se cuentan por horas, por días.

La comida se pudre en los refrigeradores que no funcionan.

Los hospitales operan con generadores que dependen de un diésel que no llega.

Los niños estudian a oscuras.

Los ancianos sufren en silencio.

Las madres lloran porque no pueden mantener a sus hijos frescos.

Los padres se duelen porque no pueden encender un ventilador para que sus bebés duerman.

No es solo estadística. Es vida. Es nuestra vida.

Y las sanciones secundarias que anunciaron el 7 de mayo ahora amenazan a cualquier empresa, banco o país del mundo que quiera tener relaciones comerciales con Cuba . El imperio nos quiere aislar por completo. Nos quiere dejar solos, rendidos, arrodillados.

¿Y la «ayuda humanitaria» de 100 millones?

¿Saben cuánto toca por cada cubano? Menos de 10 dólares. Con eso no se compra ni un día de comida digna. Ni una libra de carne. Ni un pollo. Ni un paquete de leche en polvo.

Y encima, condicionada: la entregarían la Iglesia y otras organizaciones «independientes» sin que el gobierno cubano tenga control . Es decir: quieren manejar ellos el dinero, ellos los productos, ellos los destinatarios.

No es ayuda. Es propaganda. Es un anzuelo. Es un escupitajo en la cara de un pueblo que lleva 60 años resistiendo.

El canciller Bruno Rodríguez lo dijo claro: «Eso es una fábula. Una mentira de 100 millones» .

Pero esto no es nuevo. Este imperio tiene las manos manchadas de sangre en todo el mundo.

Guatemala (1954): Derrocaron al gobierno democráticamente electo de Jacobo Árbenz. Le siguieron 36 años de guerra civil y más de 200,000 muertos .

República Dominicana (1965): Invadieron el país con 42,000 soldados para evitar un «segundo Cuba». Mataron a miles .

Chile (1973): Desestabilizaron a Salvador Allende y apoyaron el golpe de Pinochet. Miles de torturados, desaparecidos y asesinados .

Nicaragua: Financiaron a la Contra para derrocar al gobierno sandinista. Más de 50,000 muertos.

Panamá (1989): Invadieron el país para capturar a Manuel Noriega. Miles de civiles muertos, barrios enteros arrasados .

Irak (2003): Inventaron armas de destrucción masiva que no existían. Cientos de miles de muertos, un país destruido.

Afganistán: 20 años de guerra, más de 200,000 muertos, y se fueron dejando el caos.

Libia: Destruyeron el estado, crearon un vacío de poder, y hoy el país es un mercado de esclavos.

Siria: Financiaron grupos terroristas para derrocar a Al Assad. Millones de refugiados, cientos de miles de muertos.

Venezuela (2026): Capturaron a Nicolás Maduro el 3 de enero y ahora controlan el petróleo venezolano a través de licencias OFAC .

¿Y adivinen qué? El mismo patrón lo quieren repetir con nosotros.

Primero nos asfixian económicamente. Luego crean una crisis humanitaria. Luego ofrecen «ayuda» con condiciones. Luego impulsan un cambio de régimen. Y si eso no funciona, amenazan con la fuerza militar.

Trump ya ha dicho que tomará el control de Cuba «casi de inmediato». Ya ha insinuado que pondrá el portaaviones USS Abraham Lincoln cerca de nuestras costas . Ya ha firmado las órdenes ejecutivas que nos tienen sin combustible, sin comida, sin medicinas.

¿Y la ONU? ¿Y la comunidad internacional?

El secretario general de la ONU, António Guterres, dijo que «no hay solución militar para Cuba» y que las sanciones violan el derecho internacional . Pero sus palabras no son suficientes. Necesitamos acciones. Necesitamos que el mundo se mueva.

China ha exigido el levantamiento inmediato del bloqueo. Los BRICS han escuchado la denuncia de nuestro canciller. Pero hace falta más. Hace falta que los pueblos del mundo se levanten, que los gobiernos de América Latina y Europa presionen, que los medios internacionales dejen de repetir las mentiras del imperio y muestren la verdad.

¿Por qué escribo esto?

Porque no me queda otra.

Yo soy una cubana de a pie. No tengo un cargo. No tengo un título. No tengo un ejército. Tengo un teléfono, tengo un apagón encima, y tengo un nudo en la garganta que no me deja dormir.

No soy política. No soy analista. Soy una mujer que ha visto a su madre preocuparse por la comida. Una mujer que ha visto a sus vecinos compartir el poco pan que tienen. Una mujer que ha llorado en silencio mientras su hijo le preguntaba «mami, ¿por qué no hay luz?».

Y mientras tenga un dedo para escribir, una red para publicar y un pueblo que defender, no me voy a callar.

Porque si yo no hablo, ¿quién habla? Si yo no escribo, ¿quién escribe? Si yo no denuncio, ¿quién denuncia?

No esperen que lo hagan otros. No esperen que lo hagan los grandes medios. No esperen que lo hagan los políticos. La voz de Cuba somos nosotros. Los de a pie. Los que hacemos cola. Los que nos quedamos sin luz. Los que no nos rendimos.

A Marco Rubio, a Donald Trump, a los congresistas de Miami, a todos los que han hecho del odio a Cuba su forma de vida, les digo:

Ustedes pueden apretar el bloqueo. Pueden asfixiarnos. Pueden matarnos de hambre. Pueden apagarnos la luz. Pueden amenazar con invasiones.

Pero no van a rendirnos.

Cuba no se rinde. Cuba no se doblega. Cuba no negocia su dignidad.

Ustedes pueden llevarse el petróleo, pueden llevarse el níquel, pueden llevarse el turismo. Pueden robarnos todo. Pero hay algo que no nos pueden quitar: la historia. La memoria. La certeza de que los pueblos que resisten, algún día, vencen.

El imperio ha destruido decenas de países. Ha masacrado millones de personas. Ha impuesto su ley a sangre y fuego.

Pero con Cuba no va a poder.

Porque Cuba no es Irak. No es Libia. No es Siria. No es Venezuela.

Cuba es un pueblo que lleva 60 años resistiendo. Que ha visto de todo: invasiones, atentados, sabotajes, bloqueos, amenazas. Y sigue en pie.

¿Por qué? Porque aquí el que se rinde no es cubano. Porque aquí el que se doblega no es de este pueblo. Porque aquí, aunque nos apaguen la luz, no nos apagan la esperanza.

Que el mundo se entere. Que el mundo sepa. Que el mundo no se calle.

Porque mientras haya un cubano dispuesto a dar la cara, el imperio no tendrá la última palabra.

Comparte esto. No por mí. Por ellos. Por los que no tienen voz. Por los que no pueden escribir. Por los que están en silencio pero no están rendidos.

Con la voz en alto, con el corazón en la mano, y con la certeza de que la verdad, tarde o temprano, siempre gana.

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