Petro no es de Izquierda: réplicas y contraréplicas

Por Jaime Nieto

  1. Introducción

El 21 de febrero El Opinador Rubén Darío Barrientos publicó en el diario conservador El Colombiano su columna: “Petro no es de Izquierda”.  El cuerpo de la columna es en su mayor parte una recopilación fácil de opiniones cuyo centro es mostrar (no demostrar) que Gustavo Petro no es de izquierda o está desvirtuando y debilitando a la izquierda. Casi todas estas opiniones, sino todas, corresponden a personajes que en los últimos años han mantenido posiciones políticas o ideológicas adversas a Gustavo Petro en su ejercicio como Presidente de la República.

Entre estas opiniones se encuentran, por ejemplo, las del analista político y profesor universitario Gilberto Tobón, quien descalifica a Petro como de izquierda y lo califica más bien como un “populista, astuto y que, incluso, ha debilitado a la propia izquierda”. En esa misma línea, según Barrientos, se encuentra el comentario de la dirigente liberal Cecilia López, para quien “Petro está matando la izquierda progresista”. Por su parte, según el mismo Barrientos, para Jorge E. Robledo y Aurelio Suárez, figuras emblemáticas del antiguo Moir y del PDA y contradictores acérrimos de vieja data de Petro, este último, antes que representar a “una izquierda coherente y estructural”, “se mueve en el campo del progresismo liberal”. Y agrega El Opinador: “A estos conceptos se pliegan muchos analistas que estiman que, por encima de ser de izquierda, Petro es un socialdemócrata con agenda ambiental. Otros, simple y llanamente lo perfilan hacia un progresismo latinoamericano. No faltan los que adscriben a Petro a una corriente de avanzada que no transforma el modelo económico y donde sus mandatos y reformas son excesivamente ideologizadas. Y unos más aseguran que el presidente no rompe con el capitalismo y no erige una soberanía económica real”. De su propia cosecha, Barrientos concluye que: “Faltaría por decir que Petro es el amo de la retórica, un truculento jugador de palabras que enredan y un prolífico lanzador de consignas cargadas de odio. Su rencor es visceral. Es que el gobierno de Petro no desmontó el modelo que prometió superar. Les vende humo a sus seguidores. Con eso le basta y le sobra”.

Por supuesto, en esta reflexión no nos interesa entrar en el terreno del agravio personal en el que la mayoría de las “opinadores” que reseña Barrientos parecen incurrir. Sin pretender ocultar nuestra simpatía crítica por el actor Petro y sin querer explayarnos ni ser exhaustivos, nos interesa más bien intentar responder o sugerir posibles respuestas a la pregunta que, en parte, el mismo Opinador y algunos académicos y analistas se formulan en las postrimerías de su gobierno: ¿Cómo caracterizar, desde la experiencia colombiana y latinoamericana y desde la teoría política, el Gobierno de Petro? ¿Qué legado nos deja en términos de experiencia de gobierno y de horizontes de futuro para el país y para América Latina? Preguntas inevitables porque no estamos en presencia sólo, ni de un gobierno más en la larga tradición bipartidista republicana de Colombia, ni quizás ante la simple reedición de las experiencias gubernamentales del progresismo latinoamericano. Para el caso específico colombiano creo que nadie podría dudar que con el gobierno de Gustavo Petro asistimos a un momento de inflexión histórico-política: el triunfo electoral y ejercicio gubernamental por primera vez de la izquierda en Colombia. Bien resumido: estamos ante la irrupción gubernamental de la primera experiencia triunfante de tercera fuerza política en el país, luego del fracaso de experiencias procedentes tanto desde la izquierda armada o no armada, como de disidencias procedentes del viejo bipartidismo. 

Por eso es importante poner en contexto las opiniones aquí reseñadas. Pese a la superficialidad del lenguaje político en el que éstas se expresan, tienen el valor inicial de tocar a la puerta de un debate necesario e inevitable que apenas se abre, al que están convocados no sólo los comentaristas políticos sino en general la academia y la ciudadanía. La literatura académica que circula al respecto es todavía muy escasa y esporádica, lo cual podría explicar, en parte, la ligereza y poca profundidad de los comentarios aquí considerados. Vamos pues a intentar meterle un poco de carne y de reflexión a la controversia.

Empezar por decir lo que no es podría ser un buen comienzo, pero haría falta mucho más para lograr una caracterización más o menos plausible y completa.  Si la respuesta estuviera sólo en decir que Petro no es de izquierda hace rato hubiéramos concluido la tarea, pero no iríamos muy lejos, pues, desde hace algún tiempo, especialmente desde su experiencia en la Colombia Humana como Alcalde de Bogotá hasta declaraciones más recientes en las redes sociales, el mismo Gustavo Petro ha manifestado sin ambages que su proyecto político no es de izquierda. No es necesario que se lo digan, el mismo Gustavo Petro reconoce que no es de izquierda. Esto bastaría para saldar la discusión y cerrar al mismo tiempo el campo de las posibles respuestas. Pero, entonces, faltaría por establecer, ya no qué no es, sino qué es. Que, antes que ser de izquierda, Petro es “astuto”, no debería extrañarnos cuando nos referimos al mundo de la política. Desde Nicolás Maquiavelo sabemos que, en término políticos, el león no puede sobrevivir sin la zorra. León y zorra van juntos.

Un día después de publicada la columna de El Opinador, se conoce en su cuenta de X la réplica de Petro. Llama la atención que en esta réplica Petro no dedica una sola letra al tema central del Opinador: su identidad o no con la izquierda. Pareciera como si diera eso por sabido. En vez de hacer algún comentario al respecto, su foco de intervención es el tema del populismo. Dice Petro: “El opinador de ‘el Colombiano’ debe entender antes que nada, ¿qué es populismo?”. Y a eso dedica palabra por palabra su comentario en X, evocando ante todo una lectura docta de la experiencia del populismo ruso de finales del siglo XIX y comienzos del XX, a nuestro juicio no sólo inapropiada sino sesgada, como veremos enseguida.

II. ¿No es de Izquierda Petro?

Como vimos, tanto el Opinador de El Colombiano como Petro mismo coinciden en reconocer que no es de izquierda. Sin embargo, deberían decirnos para empezar: ¿qué entienden por izquierda o qué significa ser de izquierda hoy en Colombia? En el Opinador no hay respuesta, pero en Petro sí la hay, aunque bastante magra y anacrónica. ¿Qué entiende Petro por Izquierda? Si uno mira con atención las escasas declaraciones que ha emitido al respecto, no se dudaría en concluir que Petro tiene todavía una idea de izquierda prácticamente anclada en la visión de los años setentas del M-19. Una izquierda “sectaria”, “dogmática”, “doctrinaria” y de capilla, de la cual se mofaba el M-19 por aquellos tiempos. Todavía hoy Petro, cuando hace referencia a la izquierda, pareciera estar criticando el pasado histórico de la misma y, sobre todo, reduciendo ese pasado a mero sectarismo y dogmatismo, como si esa izquierda, con sus aciertos y errores, se hubiera quedado detenida en el tiempo. Es como si hoy nos ocuparemos de la crítica y el perfilamiento del M-19 quedándonos sólo en su etapa inicial de “propaganda armada”.

La izquierda colombiana, como el joven Gustavo Petro, que en 1975 se unió al M-19, ha cambiado. Ella tiene sus caminos, sus recorridos, sus soles y sus lluvias, como los ha tenido el M-19 y Petro. ¿Qué queda de esa izquierda de los años sesenta y setenta? Casi nada, y, sin embargo, mucho. Muchos de sus militantes, activistas y dirigentes, luego de pasado el sarampión de la rebeldía, dedicaron sus años de vida a una carrera profesional o a su familia, otros se dedicaron al licor y a la melancolía, o a la poesía y la literatura, otros más, a llevar una vida académica tranquila y apacible, otros a integrarse a los cuadros directivos del empresariado o a organismos de dirección del Estado o se pasaron a partidos de derecha, otros entregaron su mística y su valor y con ellos la vida entera hasta ser desaparecidos o muertos por el régimen. Muy pocos siguieron el “irresponsable” ejemplo del Che o de Marx con sus familias. Otros, finalmente, siguieron luchando. Por supuesto, aquí no hay lugar para reproches. Cada cual hizo de su sayo lo que le viniera en gana.

De esas “cenizas de la izquierda”, quedaron también, sin embargo, valores, vivencias y ejemplos, “cuadros” vivos ya entrados hoy en sus sesentas y setentas como Petro, con memorias colectivas de triunfos y derrotas, de conocimiento del país y de compromiso militante con la vida y la emancipación. Es verdad que en los sesenta y setenta conocíamos mejor a Rusia y a China que a Colombia y América Latina, pero también lo es que se formó una intelectualidad rebelde, crítica, que exploró e investigó la historia del país, sus estructuras sociales y sus actores y que, sin duda, nutrieron el imaginario de la izquierda durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI y han sostenido el espíritu de resistencia y de transformación de la realidad del país.

Estanislao Zuleta, Mario Arrubla, Gerardo Molina, Carlos Gaviria, Camilo Torres, Gilberto Vieira, Manuel Zapata Olivella, Álvaro Tirado Mejía, J. A. Bejarano, Camilo González, Ricardo Sánchez, Salomón Kalmonovitz, Antonio García, Orlando Fals Borda, Torres Giraldo, María Cano, Virginia Gutiérrez de Pineda, Alfredo Molano y muchos más que, por no hacer más extensa esta lista desordenada, se me quedan en el tintero, fueron o son intelectuales comprometidos. Muchos de ellos militantes, cuya producción teórica hace parte del patrimonio intelectual de la izquierda en Colombia. Sin en esas “cenizas de la izquierda” probablemente no se hubiera formado una mística revolucionaria, un compromiso militante con los de abajo, no se hubieran mantenido en el tiempo los procesos de organización popular y el pueblo colombiano no hubiera aprendido tanto de política, no se hubieran afinado las estrategias y nuevas formas de lucha. Gracias a esas cenizas, una parte de la izquierda armada se transformó en movimientos políticos legales, surgió la AD-M-19 en 1990, el PDA en 2005 y el actual Pacto Histórico en 2025, y se formó una pléyade de liderazgos sociales y territoriales. Todavía subsisten, es verdad, grupos o grupúsculos dogmáticos y sectarios, relativamente aislados, de cuadros y jovencitos recién llegados a la lucha. Pero la izquierda colombiana ha aprendido, ha cambiado, como ha aprendido y cambiado Gustavo Petro, y, quizás, de la izquierda de ayer no queda mucho. Es como si Lenin, hablando de la memoria histórica que trae a colación Petro a propósito del populismo ruso, hubiese desconocido o reprochado el gran aporte de G. Plejánov o de Vera Zasúlich por su pasado populista en el grupo Reparto Negro antes de formar en 1883 el Grupo marxista Emancipación del Trabajo.

¿De qué izquierda habla pues Petro? De aquella a la cual casi todos hoy renunciamos, pero sin la cual no seríamos lo que somos contemporáneamente. Habla de aquella izquierda reformista y stalinizada que se formó a partir de los años treinta del siglo pasado, que le apostaba al desarrollo de las fuerzas productivas en el marco de un “capitalismo nacional” (ahora ecológico); habla de aquella izquierda reformista de la que, paradójicamente, sólo quedan Gustavo Petro y el Moir de Robledo. El resto de la izquierda que le acompaña, en su mayoría, se ha ido acomodando no sólo en términos ideológicos y políticos sino sobre todo en los palacios y palacetes del nuevo gobierno; otros, van con cuidado, con cautela, como “los tres hermanos” de la fábula de Silvio Rodríguez, pero sin sucumbir como ellos; y otros, quizás los menos, van rumiando su pasado muchas veces sin comprenderlo y sin superarlo.

Quizás si nos acercamos un poco más a la fisonomía contemporánea de la izquierda, veremos -contra los sentidos y contenidos de la recopilación de Barrientos y contra Petro mismo-, que su discurso ideológico-político y su ejercicio gubernamental parecen inscribirse definitivamente en una opción política de ese tipo y no de centro ni de derecha. Más aún, quizás se pueda decir que no es sólo izquierda lo que expresa y sintetiza. Más de cerca, su discurso y su práctica en el ejercicio gubernamental no es sólo propio de la izquierda, a ellos articula también otro tipo de antagonismo, como, por ejemplo, el que históricamente ha expresado el populismo colombiano, tanto en su versión gaitanista o anapista, como en la que animó programática y políticamente al M-19 en su momento, así Petro también quiera desmarcarse de esta última impronta de identidad. Afirmo pues, contra lo que Petro niega, que no sólo es de izquierda, sino que pertenece al amplio espectro de la izquierda populista de los últimos 20 años en Colombia y América Latina.

Como he anotado arriba, la izquierda colombiana y a nivel mundial ha cambiado y, seguramente, va a seguir cambiando. Ésta no es la misma desde su creación topográfica en la Asamblea Constituyente francesa de 1789 al lado de la derecha. Desde entonces la izquierda ha cambiado, como su antagonista, la derecha, a través de los cambiantes tiempos sociales y políticos y, también, en los diferentes contextos geográficos.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, por ejemplo, la izquierda europea se agrupó, primero en torno de la Primera Internacional, en la que convivieron, hasta su escisión, marxistas y anarquista; luego, la izquierda marxista se agrupó en la Segunda Internacional como socialdemocracia, bajo los liderazgos de Engels, de Kautsky, de Berstein y de Rosa Luxemburgo; más tarde, a raíz del triunfo bolchevique de 1917 en Rusia, el panorama de la izquierda marxista se diversifica, dando origen a la Tercera Internacional, bajo los liderazgo de Lenin y Trotsky, hasta su stalinización desde los años veinte. Un puñado de sectores de la izquierda expulsados de los partidos comunistas, se reagrupa en 1938, creando la Cuarta Internacional bajo el liderazgo de León Trotsky, muerto en 1940 por un agente stalinista. A raíz de las revoluciones anticoloniales de la segunda mitad del siglo XX en Asia, África y América Latina, la izquierda se diversifica aún más. Surge una izquierda “tercermundista”, nacionalista y revolucionaria. Con el triunfo de la revolución china en 1949 surge el maoísmo y se expande a escala mundial y con el triunfo de la revolución cubana, surge el castrismo y el guevarismo que se expande por toda Latinoamérica. Mientras tanto el anarquismo sigue su curso y se fortalece en los países del mediterráneo europeo y en Suiza expandiéndose también hacia América Latina desde finales del siglo XIX, y la socialdemocracia se hace fuerte especialmente en Europa central y occidental. Desde entonces todo sigue cambiando a la par que el capitalismo como sistema social con sus múltiples crisis y transformaciones, no sólo políticas, sino también orgánicas con “el desarrollo de las fuerzas productivas”.

Hay que decir que la izquierda ha existido siempre en relación con su antagonista, la derecha, que invariablemente ha representado la reacción, se ha inclinado por la conservación de lo dado y la defensa del statu-quo, preferiblemente por medio de regímenes o doctrinas autoritarias Por eso, además de conservadora, la derecha ha sido reaccionaria. Lo cual no quiere decir que siempre haya sido reacia a los procesos de modernización económica, aunque sí muy virulenta respecto de los cambios sociales y culturales.

El ideario de la izquierda, desde sus orígenes, ha estado inspirado en la filosofía de la ilustración y, en parte, en el romanticismo revolucionario.  Por eso, históricamente la izquierda ha sido partidaria del cambio y del progreso. La idea de cambio y de progresismo no es un patrimonio intelectual del progresismo de Gustavo Petro o del progresismo latinoamericano. En un sentido histórico, la izquierda, socialista o no, siempre ha sido progresista. En un sentido político y social, la izquierda siempre ha tendido a la defensa de la igualdad, no sólo política, sino también social y en algunos casos económica. La justicia social ha sido una de sus banderas predilectas, como base para el ejercicio de todas las otras libertades. Por eso, para la izquierda la democracia y su defensa, ha sido entendida por lo general como democratización en todas las esferas de la vida social. Hay muchas otras ideas-fuerzas históricas que han marcado a la izquierda a través de los tiempos, entre ellas sobresale la defensa de las libertades y la secularización del Estado.

En los últimos 30 o 40 años, las marcas de identidad de la izquierda se han hecho más amplias, incorporando a su imaginario exigencias y demandas relativamente nuevas, o reivindicaciones muy viejas pero actualizadas a la luz de las nuevas circunstancias y tendencias de la sociedad capitalista y los partidos de derecha que lo respaldan, abarcando no sólo el campo económico, social y político, sino también el cultural y ecológico. Al lado de las tradicionales luchas obreras, campesinas y estudiantiles, las luchas por la identidad y la diferencia de poblaciones históricamente oprimidas, discriminadas o racializadas, como las de origen afro o los indígenas, o las múltiples reivindicaciones ecologistas, feministas y de diversidad sexual, se han incorporado a este nuevo imaginario de la izquierda. No toda la izquierda, pero sí buena parte de ella, considera que el Estado es una palanca fundamental para acometer los cambios y transformaciones que la sociedad necesita para avanzar hacia una sociedad mejor, independientemente de cómo cada sector que la constituye conciba que deba ser esa sociedad mejor, si socialista o de capitalismo reformado, también, independientemente de cómo se conciba al Estado: o bien como objeto de reformas progresistas, o bien como objeto de transformación revolucionaria.

Así como el cambio ha sido un rasgo característico de la izquierda, su trayectoria histórica no ha sido lineal. Los cambios de la izquierda muestran avances y retrocesos. Cada nuevo acontecimiento de inflexión histórica o política protagonizado por la izquierda, es la ocasión para que se hable de una “nueva izquierda”. Así, por ejemplo, más recientemente se habló de una “nueva izquierda” surgida del mayo francés de 1968 o del surgimiento de una “nueva izquierda” en América Latina tras el triunfo de la revolución cubana, y, luego, tras la derrota de la revolución centroamericana y de las guerrillas en la mayoría de los países latinoamericanos en los años noventa, fue la ocasión para hablar de una “nueva izquierda”. Cada cierre o apertura de ciclos, por lo general a raíz de cambios importantes en las correlaciones de fuerzas entre antagonistas de izquierda o de derecha, es la ocasión para hablar del advenimiento de una “nueva izquierda”.

Un rasgo característico de esta “nueva izquierda” de hoy, por oposición a la “vieja izquierda”, después de la derrota histórica del proletariado y de los subalternos en los setenta y ochenta del siglo pasado, es el reformismo. También lo es su actitud ante el pasado: mientras la “vieja izquierda” persiste en mantener un vínculo estrecho con el pasado y brega por recuperarlo y actualizarlo en términos ideológicos y políticos a la luz de las nuevas circunstancias, la “nueva izquierda”, por el contario, se inclina por liquidarlo y mofarse de él. La oposición entre nueva o vieja izquierda, y ya no sólo frente a la derecha, tiene mucho de ideológico y de disputa por la hegemonía. Las “nuevas izquierdas” se hacen hegemónicas en cada nueva etapa de antagonismo social y político, lo cual no quiere decir que la “vieja izquierda” desaparezca del espectro político general de la izquierda. “Nueva izquierda” no significa necesariamente mejor frente a la “vieja izquierda”, significa ante todo su actualidad.  La sombrilla programática, política e ideológica que abarca contemporáneamente a la “nueva izquierda” latinoamericana es la del progresismo, con sus diferentes matices, surgido a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI por su referencia a los gobiernos autoproclamados así mismos como progresistas.

En el caso de Colombia, que ha tenido a través del tiempo -igual que el resto de países del mundo, aunque con matices diferentes-, variadas experiencias de “nuevas izquierdas”, se empieza a hablar de una “nueva izquierda” contemporánea desde el cierre del “ciclo armado” de la izquierda a finales de los años ochenta, con la firma de los acuerdos de paz y su conversión en partidos o en movimientos políticos legales. Incluso, en un mismo ciclo, como el “ciclo armado” colombiano, cabe hablar de una “nueva izquierda”, como la que representó en su momento el M-19, que hizo de la acción armada una vía para la acción política, convirtiéndose así mismo en la simiente de la actual “nueva izquierda” en el país. Esta “nueva izquierda” colombiana no surgió de la nada, es el resultado de avances y retrocesos, triunfos y derrotas, entre los que destacan a título de enunciación: la formación de la AD-M19, el proceso constituyente de 1991, los reagrupamientos de la izquierda en el Polo Democrático Alternativo a comienzos de siglo, el surgimiento de Progresistas y de Bogotá Humana bajo el liderazgo de Gustavo Petro, procedente del M-19, que se proyecta hacia la Colombia Humana y la creación reciente del Pacto Histórico, el acuerdo de paz con las FARC en 2016,  de las idas y venidas de la movilización social que cobra su pico con el estallido social de 2019 y 2021. Esta “nueva izquierda” colombiana tiene rasgos comunes con la “nueva izquierda” latinoamericana, como el reformismo y el populismo, entre otros, pero también tiene rasgos propios entre su ideario, como la búsqueda de la paz y la defensa del territorio frente a la catástrofe ecológica y humanitaria representada por la voracidad ecocida de las transnacionales minero-energéticas. 

De este modo, podemos decir que definitivamente Gustavo Petro, así no lo quiera o no lo reconozca hoy, no sólo es parte de esta “nueva izquierda” hegemónica, sino que ha sido uno de los artífices destacados en su creación. Ha sido y es el líder más carismático, valiente, inteligente, audaz y “astuto” de todos, en este proceso de izquierda que está en marcha.

Sí es así, entonces ¿por qué Petro pretende desmarcarse, de una manera efectista, de la etiqueta de izquierda, tal como ya lo había hecho en parte con respecto a la tradición del M-19? Interesante e intrigante pregunta. Hay quienes se inclinan por respuestas del orden sicológico o de sicología social: Petro es “un ególatra”, o “un megalómano”, o “un narciso”, o simplemente “un vanidoso presumido”. Probablemente algo de todo eso habita la personalidad y las motivaciones personales del actor político Petro, que, dicho sea de paso, no es de su exclusiva personalidad sino rasgos más o menos comunes a todo tipo de líder carismático. Me inclino, sin embargo, por encontrar respuestas en las tramas y tensiones políticas en las que está inserto el político Petro, sin pretermitir del todo las de orientación sicologista.

En efecto. Pareciera como si Petro quisiera “liquidar el pasado”, deshacerse de él, en particular: de su pasado. Antes de ser gobernante y como parte de su estrategia electoral hacia la Presidencia de la República, publicó su autobiografía: Una vida. Muchas vidas. La idea que le deja este libro a un lector atento es como si Petro quisiera mostrar que hizo parte de esa gesta “heróica” del M-19, pero a su manera, como si hubiera sido una “rueda suelta” de la estrategia del movimiento armado: mientras ellos (los del M-19) echaban tiros, él se dedicaba a la acción política en su querido pueblo zipaquireño. Ser y, al mismo tiempo, no ser. Ser del M-19 pero al mismo tiempo representar un específico M-19, su M-19. Recobrar el símbolo mientras aún produzca rendimientos políticos, pero vaciándolo de contenido. Como diría Ernesto Laclau: una operación narrativo-discursiva de hegemonía.

Intuyo que en esa misma dirección hegemónica-discursiva va su renuncia a la izquierda. Desmarcarse de una etiqueta aparentemente demasiado estrecha, o “particular”, para su aparente desmedida apuesta política: quizás convertirse en punto de referencia “más universal” para sectores y actores más allá del mundo de la izquierda. En otros términos: deshacerse de un vestido demasiado ajustado para dotarse de uno más amplio en el que quepan no sólo su “robusto cuerpo” sino muchos más cuerpos. Por encima de todo esos “particulares”, M-19 e Izquierda, ¿qué otra etiqueta “más universal” podría estar a la medida de sus ambiciones y pretensiones políticas que la de “humanista”, de la cual se reclama ahora? ¿Quién podría ser antihumanista? Probablemente nadie. Pero, en cambio, sí es bastante probable que muchos sigan siendo antizquierda y que también sigan siendo antipáticos ante la experiencia del M-19.

¿Humanista? ¿De qué humanismo es partidario Gustavo Petro? No se sabe. Entre más elevado, abstracto y universal es el “significante vacío” de Laclau, menos significa en términos concretos. Desde la izquierda marxista, que también se reclama humanista, es inevitable la pregunta: ¿se puede ser humanista consecuente sin ser anticapitalista, sin estar en contra del sistema histórico-social absolutamente antihumano y ecocida, como ya lo había mostrado Marx en el primer volumen del capital, que desfalca no sólo al ser humano explotado por él sino también a la naturaleza? Se puede no ser marxista, como no lo es Gustavo Petro, que dice conocer bastante bien a Marx y al marxismo y cuyo conocimiento no pongo en duda, pero sí dudo que se pueda ser humanista de raíz sin apuntar en la misma dirección político-social de Marx. Pero a Gustavo Petro le resultaría demasiado costoso ser humanista en el sentido de Marx: por esa vía correría el riesgo de recaer en la etiqueta de izquierda de la cual precisamente quiere desmarcarse y arruinar su mayor pretensión de “universalidad”.

III. ¿Petro Populista?

Pero Petro no sólo dice que no es de izquierda, sino también que no es populista. En su réplica en la cuenta de la red social X aquí reseñada no lo dice de manera categórica pero así lo sugiere. Lo curioso de esta réplica es que Petro, para poner en tela de juicio o desmarcarse de la etiqueta “populista”, evoque, sin embargo, a V. I. Lenin, una de las figuras más emblemáticas de la izquierda del siglo XX. Dice Petro: “Por eso no se me puede llamar populista si se atiende al criterio de Lenin, porque no creo que el socialismo se pueda construir desde el atraso. Es en el más desarrollado capitalismo en el que surgirá la nueva sociedad y economía”.

Como se recordará: en la imposibilidad histórica de pasar de la “comuna rural” rusa al socialismo y en la imposibilidad política, así mismo, de que el campesinado se erigiera en fuerza dirigente en este proceso anti-capitalista, consistía el centro de la crítica de Lenin a los populistas rusos. Esto es, en definitiva, lo que está recogido en muchos de los textos y artículos críticos de Lenin contra el populismo, escritos desde finales del siglo XIX hasta comienzos del siglo XX, destacándose en particular su célebre obra: El Desarrollo del Capitalismo en Rusia, dedicado especialmente a responder y rebatir las tesis del “populista” ruso N. F. Danielson.

Sin embargo, en la base de esta crítica (posibilidad o no de pasar del “atraso” al socialismo sin tener que pasar por el capitalismo y capacidad política dirigente o no del campesinado) se encuentra una de las controversias teóricas y políticas más determinantes en la configuración adversarial de agrupamientos políticos entre los revolucionarios rusos de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Controversia acerca de cómo entender el desarrollo del capitalismo en Rusia (y, por extensión, en los llamados países “atrasados”) y, en particular, cómo entender el lugar y “el porvenir de la comuna rural rusa” frente a ese desarrollo. Polémica interesante como dice Petro, cuya recapitulación exhaustiva, de asumirla, nos llevaría a agregar quizás un volumen más a la ya larga lista de escritos producidos al respecto. Por ello, trataré de ser breve y directo en aras de poner en contexto y en tela de juicio el comentario de Petro en su cuenta de red social X para desmarcarse de la etiqueta populista. Evocando a Lenin, pareciera como si él, Petro, se amparara en un argumento de autoridad. Argumento de autoridad al que, por supuesto se le podría anteponer otro: Marx.

En efecto. En su controversia contra los populistas rusos, Lenin no hace más que apoyarse en el marco teórico e histórico de El Capital de Marx (y en ese sentido puede decirse que su análisis es “marxista”), no sólo para mostrar que el capitalismo en Rusia es una realidad en curso, sino que, además, esa realidad en curso trae consigo inevitablemente la desaparición de la comuna rural rusa como tendencia histórica. La fatalidad del desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas conllevaría progresivamente su aniquilamiento, punto de vista compartido desde años antes por Federico Engels, K. Kautsky y toda la sabiduría “marxista” y positivista de la segunda internacional de la época. Algunos años antes que Lenin, decía Engels: “Así, en un breve período se colocaron en Rusia las bases del modo de producción capitalista. Pero, al mismo tiempo, se dio con el hacha en las raíces de la comunidad campesina”.

Sin embargo, pese a que Lenin reconocía el desarrollo en curso del capitalismo en Rusia no se aviene ni a la tesis de los liberales rusos ni a la del “ala derecha de los socialdemócratas”, con Plejánov a la cabeza, para quienes correspondía a la burguesía liberal el papel dirigente, desde el punto de vista político, en la revolución burguesa en curso. Al respecto, Lenin es categórico: “partiendo de esa base económica, se comprende que la revolución en Rusia, es, inevitablemente, una revolución burguesa. Esta tesis marxista es absolutamente irrefutable. No se la debe olvidar jamás”. Pero enseguida advierte: de esta premisa no se desprende “la conclusión del papel dirigente ‘de la burguesía’ en la revolución o de la necesidad de que los socialistas apoyen a los liberales, partiendo de la máxima general relativa al carácter de esta revolución”. Su fórmula política, todavía “ambigua” hasta 1905, es la de una “revolución burguesa” realizada bajo “la dictadura democrático-revolucionaria de los obreros y los campesinos”.

Lenin, del mismo modo que no creía que se podía dar el salto desde el “atraso” al socialismo, tampoco creía que la revolución burguesa en curso debía ser liderada o realizada por la burguesía. El “salto” de Lenin no va del campesinado al socialismo pasando por encima del capitalismo, sino del proletariado y el campesinado al socialismo, aprovechando el desarrollo de las fuerzas productivas burguesas, pero pasando por encima de su etapa histórica de dominación política. En lo primero consistía su diferencia con el populismo. En lo segundo su diferencia con la burguesía liberal y los mencheviques.

Trotsky, que también se ocupó del problema del desarrollo del capitalismo en Rusia y del carácter de la revolución venidera, ya lo advertía luego de la frustrada revolución de 1905: “En su lucha contra los narodniki, el marxismo ruso, demostrando que las leyes que presidían la evolución histórica eran las mismas en todos los países, incurría con harta frecuencia en lugares comunes dogmáticos, proponiendo, como dice el refrán, a derramar el niño con el agua de la bañera (…) A pseudomarxistas, que no saben más que aplicar unos cuantos patrones históricos y un catálogo de analogías formales, convirtiendo las épocas históricas en una sucesión lógica de rígidas categoría sociales (feudalismo, capitalismo, socialismo, autocracia, república burguesa, dictadura el proletariado), era natural que la conquista del Poder por la clase obrera rusa se les antojase, pues no podía ser de otro modo, una monstruosa abjuración del marxismo”.

Para Trotsky, la posibilidad histórica y política de “saltar” por encima de la dominación política de la burguesía e instaurar la dictadura del proletariado como fórmula política de la revolución venidera, derivaba no del carácter “atrasado” o “avanzado” del capitalismo en Rusia, sino de su carácter específico, como expresión de lo que él caracteriza como “desarrollo desigual y combinado” propio de los países de la periferia del sistema capitalista mundial, en los que “atraso” y  “desarrollo” se conjugan de manera tal que hacen de la sociedad rusa una sociedad particular respecto del occidente capitalista y respecto del oriente pre-capitalista. Ni la comuna rural rusa ni la burguesía liberal por sí solas tenían la fuerza social y política suficiente para liderar las transformaciones revolucionarias. En eso consistía su total identidad con Lenin.

El proletariado era la única clase social, a los ojos de Trotsky, de poseer las condiciones y la capacidades históricas y políticas para liderar dicho proceso revolucionario, pero no en alianza con la burguesía, sino en alianza con las inmensas masas campesinas. De este modo, puede decirse que la posición teórica y política de Trotsky no sólo difería de la de los ideólogos de la burguesía liberal y de los mencheviques, sino también respecto de la de los populistas y de la de Lenin mismo, aunque en grado y profundidad diferenciados. Respecto de los tres primeros, Trotsky mantenía una postura muy cercana a la crítica de Lenin (que no vamos a repetir), pero respecto a este último difería en cuanto a determinar qué clase debería dirigir la revolución democrático revolucionaria de obreros y campesinos: mientras Lenin sostuvo una posición “ambigua” incluso hasta las célebres Cartas de Abril de 1917, luego de su llegada de Finlandia, Trotsky sostuvo hasta el triunfo de la revolución de octubre que la clase dirigente de la revolución venidera debía ser el proletariado (dirigente, quiere decir hegemónica, no exclusiva).

Este tópico es central para dimensionar la perspectiva teórico-política de Petro, pues como lo ha sostenido en este mensaje de su cuenta social de X y en muchos de sus discursos como candidato y como Presidente de la República, la apuesta histórica de Colombia no es por el socialismo o por cualquier otra fórmula político-social post-liberal anticapitalista, sino por el desarrollo del capitalismo. Según él, en el más “ingenuo” esquematismo histórico, el desarrollo de las fuerzas productivas en Colombia sólo cabe pensarse en el marco del desarrollo del capitalismo contra el “atraso” o contra el “feudalismo”. En términos de la Rusia Zarista de finales del siglo XIX y comienzos del XX, puede decirse que Petro no es bolchevique (leninista) sino menchevique (a lo Plejánov); y en términos del “marxismo oficial” soviético, que recomendaba guiarse por los manuales del “materialismo histórico”, según los  cuales todos los países están condenados a seguir una secuencia lógica y lineal de la historia, de acuerdo con el modelo estándar y precursor de Europa occidental (comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo y socialismo), Petro resultaría ser, aunque suene paradójico, más discípulo de José Stalin que Martov y tan “marxista” como los partidos comunistas de América Latina desde los años treinta del siglo XX.

Sin embargo, en ese marco de debate intelectual y político y de profundas transformaciones revolucionarias en curso en la Rusia de comienzos del siglo XX, no son sorprendentes las paradojas políticas. Una más: en el momento del triunfo revolucionario bolchevique de 1917, el programa agrario a realizarse, luego de la revolución triunfante, no es el originario de los bolcheviques, consistente en la nacionalización (estatización) de la tierra, como lo proclamara también Rosa Luxemburgo, sino el programa de los eseristas, esto es, de los socialistas revolucionarios, herederos directos de los populistas rusos de finales del siglo XIX, quienes abogan por la entrega de la tierra o el reconocimiento de la misma a los campesinos para que fuera explotada según sus tradiciones y sus formas “arcaicas” de producción aprovechando a su favor los desarrollo productivos y tecnológicos del capitalismo. Suena “extraño”, pero fue así como los bolcheviques lograron “arrastrar” a la masa de millones de campesinos a la causa y al triunfo de la revolución de octubre.

Pero volvamos a Lenin, referente ocasional de autoridad intelectual y política de Petro. Mientras los populistas rusos argumentaban a favor de la tesis acerca de la imposibilidad del capitalismo en Rusia, de su inconveniencia desde el punto de vista del desarrollo social y de su innecesariedad histórica y, por consiguiente, de las posibilidades socio-históricas de pervivencia de la comuna rural rusa como “redentora social”; para Lenin, por el contrario, armado, en el Desarrollo del Capitalismo en Rusia, de una artillería de cifras y datos estadísticos, no sólo era posible e inevitable el desarrollo del capitalismo en Rusia, sino que, además, consideraba a este desarrollo como “un progreso necesario de las fuerzas productivas”. Desarrollo sembrado de contradicciones profundas y múltiples propias del capitalismo, las cuales ponen de presente, según Lenin, el carácter transitorio de este régimen económico. Para Lenin se trataba en definitiva de un progreso histórico frente al “atraso” rural ruso.

Lo paradójico, sin embargo, de esta controversia consiste en que la fuente de autoridad teórica, tanto de Lenin como de Danielson, es nada menos que el mismo Marx. No es que Lenin estuviera polemizando, sin más, contra un “populista” al viejo estilo de Tierra y Libertad; estaba polemizando contra un “populista” marxista, primer traductor de El Capital al ruso. Sin duda, se trataba de un adversario teórico ampliamente conocedor de la obra de Marx. Como bien lo anota Ezequiel Adamovsky: “Si alguien hubiera preguntado, en la Rusia de las décadas de 1870 y 1880, quién era el más importante de los discípulos de Marx en ese país, le habrían respondido unánimemente: Nikolái Frántsevich Danielsón. Participante activo de los círculos revolucionarios desde su temprana juventud y traductor de El Capital al ruso, Danielsón gozó de una difundida reputación marxista entre los círculos socialistas de su país, gracias, en parte, a que mantuvo un intercambio epistolar durante casi treinta años, primero con Marx y luego con Engels. En 1880 escribió un ensayo, calificado por Marx como ‘original, en el mejor sentido de la palabra’”.

Desde luego, no se trataba de un asunto de meras etiquetas, sino de argumentos teóricos y políticos. La controversia venía sin resolverse desde comienzos de los años ochenta del siglo XIX. Cuando Vera Zasúlich, participante con Plejánov del grupo populista Reparto Negro, escindido de Tierra y Libertad, escribió en 1881 su célebre carta a Marx, el debate entre los revolucionarios rusos de entonces estaba más que candente y requería una salida urgente: “Sea como quiera, escribía Zasúlich a Marx, de usted depende en esta cuestión incluso el destino personal de nuestros socialistas revolucionarios. Una de dos: o bien esta comuna rural, libre de las exigencias desmesuradas del fisco, de los pagos a los señores de la administración arbitraria, es capaz de desarrollarse en la vía socialista, o sea de organizar poco a poco su producción y su distribución de los productos sobre las bases colectivistas, en cuyo caso el socialismo revolucionario debe sacrificar todas sus fuerzas a la manumisión de la comuna y a su desarrollo. O si, por el contrario, la comuna está destinada a perecer no queda al socialista, como tal, sino ponerse a hacer cálculos, más o menos mal fundados, para averiguar dentro de cuántos decenios pasará la tierra del campesino ruso de las manos de éste a las de la burguesía y dentro de cuántos siglos, quizá, tendrá el capitalismo en Rusia un desarrollo semejante al de Europa occidental”.  Y, al final de la carta, advierte la misma Zasúlich a Marx: “En los últimos tiempos hemos solido oír que la comuna rural es una forma arcaica que la historia, el socialismo científico, en una palabra, todo cuanto hay de indiscutible, condenan a perecer. Las gentes que predican esto se llaman discípulos por excelencia de usted: ‘marxistas’. El más poderoso de sus argumentos suele ser: ‘Lo dice Marx’”. 

La carta de Zasúlich a Marx fue escrita en 1881. El texto de Danielson fue publicado en 1893 y el de Lenin 6 años después, en 1899. Ya Marx había muerto en 1883. Sin embargo, como se sabe, Marx respondió la carta de Zasúlich luego de ensayar varios borradores. No entraremos aquí a narrar las vicisitudes de esta carta de respuesta de Marx a sus destinarios: si estos últimos (Zasúlich, Plejánov y Axelrod) la desestimaron o si la olvidaron o si deliberadamente la mantuvieron “en secreto” por mucho tiempo, ni tampoco establecer si Lenin la conoció o no. Lo cierto es que Marx, quien se venía ocupando en sus últimos años de vida al estudio de “la cuestión rusa”, no deja lugar a dudas acerca de su inclinación teórica y política en dicha controversia a favor de los “populistas”, tal como lo ilustran algunos pasajes de su respuesta.

Lo primero es la precisión que hace Marx del tiempo histórico y del lugar. Citándose así mismo desde El Capital, dice: “la base de toda evolución (acumulación originaria) es la expropiación de los cultivadores. Todavía no se ha realizado de un modo radical sino en Inglaterra…Pero todos los demás países de Europa occidental siguen el mismo movimiento” (subrayado por Marx). Y a continuación precisa: “He restringido, pues, expresamente la ‘fatalidad histórica’ de ese movimiento a los países de Europa occidental” (subrayado por Marx). Consecuente con este planteamiento, seguidamente se pregunta Marx de manera polémica, “cómo se podría aplicar esta explicación al campesino ruso si ellos nunca han sido propietarios privados de la tierra, mientras que la premisa teórico-histórica del surgimiento del capitalismo en Europa occidental pasa por el traspaso de una forma de propiedad privada (pequeños propietarios agrarios) a otra forma de propiedad privada, la capitalista”.

Esto es central. En breve: aquí Marx rompe definitivamente con cualquier pretensión de universalidad eurocéntrica de su teoría del capitalismo y rompe así mismo con una visión unilineal y secuencial de la historia siguiendo el patrón de Europa occidental, sentando las bases para que autores marxistas posteriores, a diferencia de Lenin, postularan una visión multilineal y no esquemática de la historia, tal como, por ejemplo, lo retomara Danielson y, más tarde, el mismo Trotsky. La simultaneidad de lo “no simultáneo” se presenta en Rusia de una manera patética y, al mismo tiempo, prometedora; y es esto precisamente lo que estaría en la base de las potencialidades futuras de la comuna rural rusa: “Es precisamente, responde Marx a Zasúlich, gracias a la contemporaneidad de la producción capitalista como puede apropiarse todas sus adquisiciones positivas y sin pasar por sus peripecias ‘terribles’ espantosas”. Y más adelante: “Por otra parte, la contemporaneidad de la producción ‘capitalista’ occidental, que domina el mercado del mundo, permite a Rusia incorporar a la comuna todas las adquisiciones positivas logradas por el sistema capitalista sin pasar por sus horcas caudinas”. (subrayados míos).

Y esta misma idea la va a repetir Marx, con diferentes tonalidades y acentos, en su respuesta de marzo de 1881 a Zasúlich: “Ahí está precisamente la gran superioridad de la ‘comuna rural’ rusa sobre las comunas arcaicas del mismo tipo. Porque sólo ella se ha mantenido en Europa en una escala vasta, nacional. Se halla así ubicada en un medio histórico donde la contemporaneidad de la producción capitalista le presta todas las condiciones del trabajo colectivo. Está incluso en condiciones de incorporarse las adquisiciones positivas logradas por el sistema capitalista sin pasar por sus horcas caudinas”.

Pero la respuesta de Marx no es de ocasión. Cuatro años antes, en carta a la redacción de Otiécheslviennnie Zapiski (Anales de la Patria), revista político-literaria rusa, encarando preguntas similares a las anteriores, Marx se permitirá reflexiones y comentarios en la misma dirección que las ya comentadas, sin dejar de advertir: “Pero como a mí no me gusta dejar que nadie ‘adivine’ lo que pienso, voy a expresarme sin rodeos. Para poder enjuiciar con conocimiento propio las bases del desarrollo de Rusia, he aprendido el ruso y estudiado durante muchos años memorias oficiales y otras publicaciones referentes a esta materia. Y he llegado al resultado siguiente: si Rusia sigue marchando por el camino que viene recorriendo desde 1861, desperdiciaría la más hermosa ocasión que la historia ha ofrecido jamás a un pueblo para esquivar todas las fatales vicisitudes del régimen capitalista”. 

Y en cuanto a los “marxistas rusos” de los que le habla Zasúlich a Marx, su respuesta es categórica: “Los ‘marxistas’ rusos de quienes me habla me son totalmente desconocidos. Los rusos con los que mantengo relaciones personales tienen, que yo sepa, opiniones completamente opuestas”.

Más todavía. Reafirmando su visión teórica multilineal de la historia según como lo hemos anotado arriba y, así mismo, la posibilidad teórica de la incardinación de los diferentes tiempos históricos, en la que pasado y futuro no aparecen en una línea de sucesión necesaria sino conjugados, asevera Marx a propósito de la actualidad de la comuna rural rusa: “La mejor prueba de que este desarrollo de la ‘comuna rural’ responde a la corriente histórica de nuestra época es la fatal crisis padecida por la producción capitalista en los países europeos y americanos, donde mayor vuelo tomó, crisis que acabará por acarrear su eliminación y propiciará el retorno de la sociedad moderna a una forma superior del tipo más arcaico: la producción y la apropiación colectivas”. Como se ve, aquí el pasado no es lo pasado, no es lo dejado atrás, el pasado es el futuro, el futuro es el retorno “a una forma superior del tipo más arcaico”.

Y, por otra parte, la manera de interrumpir el camino por el que Rusia viene marchando desde 1861, es a través de la revolución social. “Para salvar a la comuna rusa se requiere una revolución rusa. Si la revolución se efectúa en el momento oportuno, si concentra todas sus fuerzas (si la parte inteligente de la sociedad rusa) (si la inteligencia rusa concentra todas las fuerzas vivas del país), en asegurar el libre desenvolvimiento de la comuna rural, ésta se revelará pronto un elemento regenerador de la sociedad rusa y un elemento de superioridad sobre los países subyugados por el régimen capitalista”. Se requiere una revolución rusa. Rusia no tiene que esperar al estallido de la revolución social en Europa occidental como preconizaban Engels y Kautsky (y el mismo Marx todavía en los años sesenta del siglo XIX), sino concentrar todas sus fuerzas vivas y su inteligencia en esa dirección.  Es esto, precisamente, lo que llega a consumar la revolución de octubre de 1917.

¿Qué queda de todo esto, respecto de la apelación de Petro a Lenin para desmarcarse de la etiqueta populista? Uno: que a un argumento de autoridad (Lenin) cabe oponer otro argumento de autoridad (Marx). Dos: que al igual que Lenin, pero a diferencia de Marx y de los “populistas” contra quienes polemiza el líder del bolchevismo, Petro estima que no es posible el desarrollo histórico a partir del atraso y, en ese sentido, que no es populista. Tres: que no toda apelación al “atraso” y al arcaísmo es populismo, que, así como se evoca el “atraso” y el pasado desde una perspectiva reaccionaria y conservadora, también el pasado y el atraso puede y debe ser evocado en lo que él contiene como potencia emancipatoria y de redención social. Cuatro: que, a diferencia de Lenin, pero al igual que la burguesía liberal rusa de la época y de los mencheviques, Petro estima la conveniencia y la necesariedad de pasar por un período o una etapa de desarrollo capitalista para Colombia. Cinco: que a diferencia de Petro y, en parte, de Lenin, los “populistas” rusos y Marx valoran la actualidad histórica y política de la comuna rural rusa como potencial regenerador de Rusia. Y seis: que a diferencia de la perspectiva teórico-política secuencial y eurocéntrica de Petro acerca del destino histórico de los pueblos “atrasados”, éstos no siguen un curso unilineal, preestablecido, fatal y necesario de la historia, tal como la noche sigue al día según las leyes mecánicas de la vía láctea.

Por otra parte, si Petro no se nos hubiera ido tan lejos en el tiempo y la geografía (la Rusia de finales del siglo XIX) como lo hacía la izquierda colombiana “dogmática” de los años sesenta y setenta de la cual aún se mofa, tal vez nos hubiera ahorrado esta extensa referencia al debate intelectual y político dentro del marxismo europeo acerca del “atraso” y del populismo. Si, por el contrario, Gustavo Petro se sintonizara más, en este campo, con su “propia realidad” latinoamericana y, sobre todo, con las señales y los tiempos históricos que la han constituido, quizás se hubiera encontrado, no sólo con algunas sorpresas, sino también con posibles respuestas alternativas a su punto de vista.

Se hubiera topado, por ejemplo, en el terreno de las ideas, con el anarquista peruano Manuel González Prada que ubicaba en el centro de su reflexión teórico-política la actualidad del problema del indio (el “atraso” colonial) en el Perú de finales el siglo XIX. O con José Carlos Mariátegui, también peruano, fundador del partido comunista de ese país, considerado el precursor del marxismo latinoamericano por su originalidad en la “aplicación” creativa del marxismo en la interpretación histórica de la sociedad peruana y de América Latina. Interpretación que se distingue por su cercanía teórica con el “último” Marx, así como con el filósofo marxista W. Benjamín y con León Trotsky (aunque probablemente los escritos pertinentes de estos últimos les hayan sido desconocidos), en su crítica común a la visión positivista y lineal de la idea de progreso propia de la segunda internacional y especialmente de la Komintern stalinizada, y en la valoración común, histórico-política, del papel revolucionario de los pueblos “vencidos” por las “poderosas e inexorables ruedas de la historia”.

No me detendré demasiado en este tópico de la inmensa profundidad y originalidad del pensamiento de Mariátegui y su relevancia para los debates teóricos y políticos contemporáneos para América Latina, sobre el cual versa una extensa bibliografía. Baste señalar que para Mariátegui no hay oposición mecánica, ni dualista, entre modernidad y atraso, entre capitalismo y feudalismo, entre “comunismo primitivo” indígena y latifundismo-capitalismo. Se trata, para el caso del Perú y de América Latina, de una realidad única, singular, conjugada, en la que estos tres “modos de producción” están dialéctica y contradictoriamente integrados. Y es a partir de esta caracterización de la economía y la sociedad peruana de donde Mariátegui establece el carácter de la revolución en su país y en América Latina.

En efecto, es a partir de la caracterización de la realidad histórico-social de su tiempo, que Mariátegui establece el carácter socialista de la revolución peruana, como un “socialismo indoamericano”. Dos años antes de su muerte lo planteaba en los siguientes términos: “Profesamos abiertamente el concepto de que nos toca crear el socialismo indo-americano, de que nada es tan absurdo como copiar fórmulas europeas, de que nuestra praxis debe corresponder a la realidad que tenemos por delante”, y más adelante: “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América ni calco ni copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He ahí una misión digna de una generación nueva”. 

No es casual que Mariátegui, debido a su visión de la historia y de la realidad peruana y latinoamericana, haya sido anatemizado tanto por el stalinismo como por el aprismo de su tiempo. Mientras el primero lo consideraba demasiado “populista” por la defensa del comunismo indígena peruano como parte fundamental de la transformación revolucionaria de la sociedad, el segundo lo consideraban demasiado “europeizante” por incorporar el socialismo como horizonte estratégico de dicha transformación.

Por supuesto, si Petro se hubiera encontrado con Mariátegui, probablemente tendría otra mirada muy distinta a la del “atraso” del comunalismo indígena latinoamericano, muy distinta a la de los manuales del “materialismo histórico” y muy distinta a las diferentes teorías burguesas de la modernización; no lo tendría como un “obstáculo” a superar sino como una condición fundamental para actualizar el verbo de la transformación revolucionaria de la sociedad;  o, como él mismo lo reconoce en su cuenta de X en términos irrealizables: sería “algo así como que en Colombia desde el trabajo comunitario indígena se hiciera el socialismo”. No tendría que elucubrar tanto ´teóricamente acerca de cómo sería el socialismo del futuro si mirara con menos prejuicio nuestro trasegar histórico, encontraría que ya han existido y todavía sobreviven experiencias socialistas o comunistas “rudimentarias” mucho antes que el socialismo fuera pensado como teoría revolucionaria en Europa y traído desde allá en el siglo XIX para ser aplicado dogmáticamente a nuestras realidades.

Lo curioso de todo esto es que Gustavo Petro, a diferencia de la tradición de gobiernos oligárquicos y burgueses en Colombia, y pese a su retórica contra el “atraso”, ha convertido los territorios indígenas y afrodescendientes en uno de sus pilares fundamentales de intervención pública, económica, social y cultural, y a sus actores, las comunidades negras e indígenas, en uno de sus bastiones políticos y sociales más sólidos en su ejercicio gubernamental. Por eso no es casual que la fórmula vicepresidencial del candidato presidencial del pacto histórico, Iván Cepeda, sea la reconocida lideresa indígena nasa Aida Quilcué.

Por último, si Petro estuviera más atento a nuestro pasado, especialmente a nuestra cultura política latinoamericana, encontrará en él y en ella, que el populismo como experiencia y como teoría, también nos ha constituido. Es verdad que el término y la experiencia “populismo” tiene sus orígenes en la Rusia del siglo XIX, pero también es cierto que el populismo ha sido, a nuestra manera, parte integrante de la experiencia política latinoamericana. Desde Lázaro Cárdenas en México en los años treinta, hasta José Domingo Perón en Argentina, pasando por el Apra de Víctor Raúl Haya de la Torre en Perú, Getulio Vargas en Brasil, Velasco Ibarra en Ecuador y otros ensayos gobernantes en diferentes países, el populismo se convirtió en una experiencia política de más de cinco décadas en América Latina, lo que los estudiosos llaman el “ciclo clásico” del populismo latinoamericano, que resurge más tarde a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI como “neopopulismo” en la experiencia de los gobiernos progresista durante este período. En Colombia tuvimos intentos frustrados y algo tardíos de populismo clásico como el del gaitanismo y el anapismo en los años cuarenta y sesenta respectivamente, de los cuales se nutre ideológica y políticamente el M-19 y que aún pervive en el discurso y la práctica del presidente Gustavo Petro, así él rehúya hoy la etiqueta populista.

A diferencia del populismo originario ruso, que fue de base popular campesina y anticapitalista, nuestro populismo latinoamericano fue de base popular urbana y de reformismo o de desarrollismo capitalista, en cierto modo nacionalista. Orientado hacia el intervencionismo estatal “keynesiano” y hacia la industrialización sustitutiva, este populismo tuvo gran arraigo en el proletariado recién urbanizado de las grandes ciudades, sin embargo, su antagonismo no estuvo basado en la contradicción capital-trabajo, sino en la oposición pueblo-oligarquía y en el ideal de la conciliación de clases entre “ricos y pobres”, oposición realizada por mediación casi siempre de un líder carismático y “mesiánico”. Probablemente Gustavo Petro esté más cercano de este populismo latinoamericano que del ruso, razón por la cual, quizás, hable más de este último que del primero, que representaría mejor su pasado y del cual más bien prefiera callar.

IV. Conclusión.

En conclusión: soy de los que me inclino a pensar que Gustavo Petro es un gobernante de izquierda y populista, muy a pesar de su negativa a reconocerse como tal por razones que desconocemos con certeza.

No resta sino agradecer a El Opinador del diario El Colombiano por provocarnos a incursionar en este mar de aguas procelosas y turbias. Y a Gustavo Petro, recomendarle que frente al pasado que tanto lo mortifica, al parecer, le convendría que en vez de orientarse por la frase memorable de Marx según la cual: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, tenga muy presente la vigorosa resignificación filosófica que hace W. Benjamín del pasado y de la memoria “como potencias disruptivas del presente”.

CODA: Plausible que Gustavo Petro condene los crímenes de Stalin contra millones de campesinos rusos durante el período de la “colectivización forzosa” de los años treinta del siglo XX, crímenes que no están por fuera del proceso creciente de contrarrevolución burocrática en la URSS lideraba por José Stalin durante este mismo período, la cual incluyó los crímenes contra la “vieja guardia bolchevique” durante los tristemente célebres “procesos de Moscú”. Lástima, por supuesto, que Petro no escape a esa vieja tradición “centrista” de cierta izquierda en el mundo: “de ladrar cada vez que se pronuncie el nombre de Trotsky”; lo que significa que cuando por alguna razón se atreve a nombrar a Stalin o al stalinismo, no pueda dejar de nombrar a Trotsky o al trotskismo con reproches similares que a los primeros. A la manera de Antonio Gramsci o de George Lukács: “si Lenin tuvo la lucidez de decir esto, Trotsky tuvo la estupidez de no decir esto otro”. Si Stalin es responsable de los crímenes contras las masas campesinas, Trotsky no es menos responsable de la masacre contra los marineros de Kronstadt, tal como lo anota Petro en su cuenta de X, aunque entre un acontecimiento y otro existan diferencias, no sólo de tiempo y lugar, sino sobre todo de sentido histórico político: mientras los crímenes de Stalin se inscriben en un proceso de contrarrevolución burocrática, la dura represión militar contra el “levantamiento armado de Kronstadt”, se inscribe en un proceso más vasto de defensa de la revolución proletaria en curso, asediada por el hambre, la guerra civil interna y la incursión militar de los ejércitos blancos para aniquilarla. El levantamiento armado de Kronstadt tuvo, por lo tanto, a los ojos de los bolcheviques, un carácter contrarrevolucionario y fue tratado como tal en un momento crucial en que reinaba la incertidumbre acerca de si sostendría o no el recién nacido poder soviético.

Probablemente, al cabo de veinte o treinta años, un líder político o un intelectual de izquierda se sorprenda que el Presidente Gustavo Petro, Comandante en Jefe de la Fuerza Pública, presionado por la oligarquía colombiana y la potencia del norte, haya bombardeado un campamento del ELN, este último enredado en el negocio del narcotráfico y obstinado aún en su estrategia armada de toma del poder político. Bombardeo efectuado contra un campamento de esa guerrilla en el que se encontraban menores de edad, en un contexto colombiano muy diferente de guerra civil y de hambruna generalizadas como el que enfrentaron los bolcheviques y León Trotsky, Jefe del Ejército Rojo de la época, tras el levantamiento armado de Kronstadt en 1921. Para ese entonces, probablemente ya Petro, que hoy anda en los sesenta, no exista para dar las explicaciones. Pero podría anticipárnoslas.

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