Por: Franco / Colectivo audiovisual Señales de Humo
Platón imaginó la figura del gobernante filósofo como el regente ideal de La República: un erudito que es capaz de contemplar el sol de la verdad para luego descender a la «caverna» de la plaza pública a intentar convencer a los demás de que existe la belleza, el bien y la justicia.
En el panorama electoral colombiano, la candidatura de Iván Cepeda Castro a la presidencia, redefine esta figura griega y la actualiza.
El descenso a la caverna
Para Platón, el filósofo llega al poder por un camino de justicia y su búsqueda. Cepeda, gracias a su formación en la Universidad San Clemente de Ohrid de Sofía, Bulgaria, y sus estudios en derecho internacional humanitario, ha construido su carrera sobre un eje ético: “el poder de la verdad”.
Su activismo por los derechos humanos, su fundamentación ética en los procesos de paz, junto a su labor legislativa y de persistencia en el control político como Senador, lo sitúan en ese papel del que hablaba el filósofo griego: aquel que intenta introducir orden y razón en un sistema modelado por las élites y sus intereses mezquinos.
El logos en las urnas
La política colombiana, caudillista y la tecnocrata, ha tenido destellos luminosos en los que el poder político y la sabiduría han coincidido en una misma persona. En la historia reciente de Colombia, Carlos Gaviria Díaz encarna casi literalmente el ideal platónico: el académico que, tras una vida dedicada al pensamiento, es llamado a guiar la Polis.
Carlos Gaviria Díaz fue un maestro de la ética y la teoría política. Su vida académica en la Universidad de Antioquia fue el preludio para hacer de la Corte Constitucional un ejercicio de pedagogía nacional. Sus sentencias sobre la dosis personal o la eutanasia, eran tratados filosóficos sobre la autonomía del individuo.
Cuando Gaviria saltó a la arena presidencial en 2006, obtuvo una votación histórica para la izquierda de la época (más de 2.6 millones de votos). En su campaña hablaba de Kant, de la Ilustración, en plazas públicas donde sólo se escuchan gritar arengas vacías
Por esa misma vía, Estanislao Zuleta representa el experimento más ambicioso de esta tesis en nuestra historia. Aunque nunca buscó el voto popular, su actividad política fue la pedagogía del pensamiento crítico. Zuleta entendía la política como una conversación ética e influyó en la realidad nacional con ensayos como «elogio de la dificultad» donde planteó aceptar el conflicto como parte de la vida.
En contraste, la historia nos reserva el capítulo de Fernando González, el pensador de Envigado, de quien se dice se postuló en 1933 a la Asamblea de Antioquia, donde obtuvo una votación lamentable.
Tras intentar someter su pensamiento al veredicto de las urnas el “brujo de Otraparte” evidenció la desconexión entre la profundidad de su propuesta vital y la inercia de una masa electoral que no comprendía su alcance intelectual. Confirmó que a veces la sociedad prefiere la seguridad de las sombras en la caverna a la exigencia de autenticidad del sabio.
Como se verá, la figura del gobernante filósofo en Colombia ha sido más que una aspiración y si bien la historia nos ha dado ejemplos de «reyes filósofos” que supieron sostener la espada y el libro, la realidad colombiana impone retos y sorpresas que el idealismo platónico no imaginó.
Gloria ética y triunfo electoral
En el corazón de esa dialéctica, de esa tensión entre el rigor del pensamiento y la crudeza de la palestra, se encuentra hoy el filósofo-candidato Iván Cepeda.
González le exigió autenticidad; Gaviria le impuso la norma y Zuleta lo conminó a la praxis revolucionaria. Cepeda, como filósofo de formación, opera en el centro de la reflexión política contemporánea, desde la que se entiende, el pensamiento no puede ser solo contemplativo.
Su desafío es demostrar que el filósofo en el poder puede superar el estigma del aislamiento académico, sin que los principios se evaporen en el pragmatismo y se conviertan en el cimiento de una nueva administración de lo público, heredera del actual gobierno.
Una idea al timón
En su campaña por la presidencia, en las plazas y calles, Cepeda demuestra que la academia puede movilizar multitudes y que la filosofía no es un adorno del poder, sino su única justificación legítima.
Nos recuerda que la política es más la búsqueda de un ideal justo antes que la gestión de lo posible.
En Cepeda vemos la imagen del pensador que desciende a las arenas del conflicto y la memoria. Sus debates en el senado, con su bibliografía a cuestas y su retórica pausada, le han dado—independientemente de las afinidades políticas—un perfil que prioriza la argumentación y el rigor ético sobre el carisma populista.
Y esta es una de las características esenciales del rey filósofo: la coherencia entre el pensamiento y la vida. En un país donde la política es frecuentemente un camaleón de intereses, su determinación por la verdad y el reconocimiento de las comunidades, busca transformar esa realidad transformando la conciencia ética del país.
Sin embargo, esta misma virtud es su mayor desafío: la rigurosidad del pensamiento a veces se ve enfrentada la flexibilidad que exhibe la negociación política. Corre el riesgo de ser visto como doctrinario. Su «verdad» —término tan caro a la filosofía— es interpretada por sus detractores no como sabiduría universal, sino como sesgo ideológico.
Aquí radica el desafío de Cepeda: ¿Puede un pensador del conflicto, acostumbrado a las dialécticas de los principios y los derechos humanos, gestionar la prosaica y turbia maquinaria del Estado?
Platón soñó en una isla del Mediterráneo que los males de la humanidad terminarían cuando los sabios gobernaran… el filósofo, tras lograr huir de la caverna, ve la luz de la verdad y por su sentido del deber regresa a la caverna electoral para intentar guiar a los ciudadanos no con miedo, sino con argumentos.
Aunque este descenso también suponga su sacrificio personal.
Platón advertía que cuando el filósofo regresa a la caverna, sus ojos, acostumbrados a la luz de la verdad, tardan en adaptarse a la oscuridad. A Cepeda (como a Gaviria, a Zuleta, a González y otros tantos) se le acusa de ser «demasiado académico» para el barro de la política electoral . ¿Puede el rigor del concepto sobrevivir a la simplificación del eslogan?
La pregunta de fondo para Colombia es si buscamos un guía que nos saque de la caverna del conflicto o simplemente un administrador eficiente de nuestras sombras cotidianas.
O dicho las palabras tanto del erudito como del común ciudadano: si somos plenamente conscientes de que nuestro papel en la historia es el de aquel que intenta, con la luz del pensamiento y su voto, disipar las sombras de nuestra caverna nacional.























