Por Walter Aldana Q.
Yo hubiese querido hablar en esta columna sobre la educación, el deporte o las culturas en el departamento, y atreverme a hacer algunas propuestas, pues soy consciente que esos sectores están sobre diagnosticados. Cuánto me encantaría haber escrito sobre el esfuerzo para generar escuelas regionales deportivas por vocación regional, por ejemplo, de fútbol sala -que antes llamamos microfutbol-, con la participación de los jóvenes de Florencia, Bolívar, Argelia y otras localidades en el Sur, o de voleibol y baloncesto en nuestro Litoral Pacífico, o de fútbol en Guachené, Villarica y Padilla; o patinaje y pesas en el Centro.
Pero esta maldita guerra me retrotrae nuevamente a la tristeza al saber que James y Ovidia no estarán más con nosotros, porque algunos armados decidieron, como si fueran Dios, que no debían seguir existiendo. Ojalá en sueños las pesadillas del remordimiento les atormenten por siempre.
Con tranquilidad, sin el dolor en las entrañas, en el corazón y en la razón, habría hablado sobre una constituyente educativa como un camino que, sin sobrepasar las competencias como departamento, permita analizar los avances y las dificultades de la educación: la tasa técnica para definir número de docentes, las distancia entre las viviendas y las instituciones educativas, la educación personalizada, la calidad educativa, la formación de los educadores y la comunidad educativa (niñas y niños, padres, profesores, administrativos), la responsabilidad conjunta con una formación que reconozca el diálogo de saberes entre quien tiene la formación académica y quien de manera empírica se ha esforzado por leer e instruirse sobre varios temas.
Pero de nuevo vuelve a mí el recuerdo de Ovidia y James, compañeros en la puja permanente para lograr que la nación y el departamento pongan sus ojos en la solución a las diversas problemáticas de las víctimas en el Cauca. Ellos contribuyeron a incluir en mi pensamiento la dimensión de la diversidad: Ovidia, indígena Yanacona, y James, campesino, compañeros de afecto, ligados por pensamientos parecidos de vida nueva y oportunidades para todas y todos.
La institucionalidad departamental en materia de educación y culturas no se compadece con la riqueza interétnica e intercultural que nos cobija en esta la tierra del padre Álvaro Ulcue, del maestro Saa, de la poesía de Hilda Pardo, de las artesanías de Amparo, de las esculturas del maestro Edgar Negret, de los Caucanitos, de la sazón de Jaquelin, de los fritos de Armenta, de las chirimías de diciembre, de la Jagua, de la Batucada de la Ruta Pacífica de las Mujeres en las movilizaciones, y de tantas otras expresiones artísticas que dibujan rasgos culturales urbanos, afros, aborígenes, campesinos. Tanta riqueza cultural y social exige en prospectiva construir una institucionalidad dedicada a las culturas y sus expresiones diversas, y no una simple oficina dependiente de la Secretaría de Educación que dispone de un presupuesto pobre, dedicada a cubrir de espacios “protocolarios” institucionales, en eventos de relleno, cuando debiera ser punta de lanza para contribuir a la construcción de identidad y sentido de pertenencia, es decir Caucanidad.



